Eduardo manostijeras

Hace mucho tiempo, un inventor vivía en esa mansión.
Inventaba muchísimas cosas.
Un día, creó a un hombre.
Y le dio entrañas, un corazón, un cerebro. Todo.
Bueno, casi todo.
Verás, el inventor era ya muy viejo.
Murió antes de poder acabar al ser que había creado.
Así que el hombre se quedó solo. Inacabado, y completamente solo.
– ¿Y no tenia nombre?
– ¡Claro que tenía nombre! Se llamaba Edward.


Antes de que él viniera, no nevaba nunca. En cambio después, sí nevó.
Si él no siguiera vivo, ahora no estaría nevando… A veces aún bailo
bajo la nieve.


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